El cerebro como un todo

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Y ahora, sería necesario echar un vistazo a los instrumentos como tales que, en su conjunto, dan lugar a lo que somos, seres únicos y diferenciados. Para ello voy a describir tres niveles de zonas cerebrales, de la más primitiva a la más evolucionada. ¿Preparado/a? Vamos allá.

Esquema de las tres partes del cerebro.

1 En el nivel más primitivo encontramos las estructuras cerebrales básicas que se encargan de regular la conducta estereotipada o instintiva, el control de las funciones biológicas vitales, y el mantenimiento de los ritmos cerebrales. Está formado por el tronco de encéfalo (la mayor parte de la formación reticular, el mesencéfalo y los ganglios de la base) y también el hipotálamo.

Ya sabéis, lo primero es asegurar la supervivencia.

El cerebro primitivo: la supervivencia.

En la formación reticular es donde se encuentran, entre otros, los centros que controlan la respiración, los latidos cardíacos, la presión sanguínea, la función renal, el ritmo sueño/vigilia y el nivel de conciencia. Da igual que estemos despiertos o dormidos, la formación reticular resguarda y controla el funcionamiento de los sistemas de control para la vida, gracias a que reciben constantemente información constante sobre el estado del cuerpo. Y es que, durante las 24 horas del día y de forma continua, es necesario ajustar el ritmo cardiaco, la presión arterial o el ritmo respiratorio para asegurar que nuestro cuerpo funciona de una forma eficiente.

De forma paralela, la formación reticular contiene grupos de neuronas que controlan el estómago, la boca, la cara, los oídos y los ojos. Los que regulan el estómago controlan, entre otras cosas, la cantidad de ácido clorhídrico segregado. Otros grupos controlan el vómito que puede ser estimulado por impulsos procedentes de diferentes partes del cuerpo como por ejemplo el estómago, la boca (por un sabor repugnante) o por los órganos del equilibrio.

Otra zona del tronco de encéfalo (el llamado mesencéfalo) controla, entre otras cosas, los movimientos de ambos ojos para asegurar que cuando se muevan lo hagan conjuntamente en la misma dirección, el diámetro de la pupila para controlar la entrada de luz en el ojo, y el parpadeo.

En esta zona básica también encontramos los denominados ganglios de la base que intervienen en el control fino de los movimientos corporales que hacen posibles los movimientos coordinados. Sin ellos nos moveríamos como autómatas.

Como puede suponer, en estos complejos sistemas de control que dirigen y coordinan nuestras actividades, es quizás donde la mente contacta con el cuerpo de la forma más estrecha. En primer lugar pensamos, y luego actuamos transmitiendo nuestros deseos a través de los nervios a los músculos, que entran así en actividad. También, si, por ejemplo, estamos asustados, nuestro pulso se acelerará al entrar en funcionamiento la adrenalina. En ambos casos, la actividad mental ha originado una actividad física.

Afortunadamente, en este control no es necesaria la utilización de nuestra conciencia, es decir, no es necesario que ordenemos, por ejemplo, a nuestros dedos que dejen de tocar un objeto demasiado caliente, puesto que la actividad nerviosa refleja se encarga de ello, ni ser conscientes de la digestión de los alimentos o de mantener las constantes internas del organismo. El cuerpo se controla a sí mismo, siempre ayudado por los sistemas endocrino y nervioso (hipotálamo e hipófisis). Todo ello de una forma autónoma e inconsciente. De ello podría depender nuestra vida.

Por otro lado, el hipotálamo se encarga de estimular el cuerpo y prepararlo para las acciones apropiadas en momentos de gran esfuerzo o de determinado estado emocional. Y lo hace enviando mensajes al corazón para que acelere el pulso y al estómago para que suspenda el proceso digestivo y deje libre la sangre para que acuda a los músculos. Es así como este cerebro básico permite manejar mecanismos para la conservación de la vida y la territorialidad; a la vez que se relaciona con conductas agresivas, rituales, instintos y jerarquías sociales. Y ello lo hace ayudándose del sistema endocrino compuesto de una serie de glándulas situadas en diferentes zonas del cuerpo, cuyas funciones no siempre están relacionadas entre sí.

Las glándulas endocrinas segregan sus productos químicos, las hormonas, directamente en el torrente sanguíneo y no en canales o conductos específicos. Las hormonas son de acción más lenta que los impulsos nerviosos, salvo dos de ellas, la adrenalina y la noradrenalina, producidas por las glándulas suprarrenales, y que actúan rápidamente y durante un corto espacio de tiempo sobre todos los tejidos. Las hormonas viajan por la corriente sanguínea hasta las células de todas las partes del cuerpo, donde realizan una actividad determinada.

2 El segundo nivel, que podríamos considerar más evolucionado que el anterior, formado por el sistema límbico (y constituido a su vez por diversas estructuras), está relacionado con el mantenimiento del equilibrio de los estados emocionales y de alerta; la alimentación, lucha, huida y cópula; la atención; la memoria; con los sentimientos y expresividad que llevan a la sociabilidad; y con el aprendizaje.

El cerebro medio: las emociones.

Debido a la interconectividad entre este sistema límbico y la corteza cerebral, las emociones pueden verse influenciadas por la razón y ésta, a su vez, puede afectarse recíprocamente por las emociones. Un equilibrio que se altera con cierta facilidad pudiendo ser la causa de algunas enfermedades mentales, y que en condiciones extremas pueden distorsionar la percepción de la realidad.

La respuesta emocional es una parte importante de las funciones del sistema límbico, pero también representa un papel importante en las decisiones sobre cuáles aspectos del ambiente merecen nuestra atención y cuáles no. En ello participa especialmente el hipocampo, el cual parece ser que está continuamente comparando las entradas sensoriales con el patrón de conducta que ha sido aprendido. Si el medio ambiente no se modifica, o es al menos predecible de forma fiable, el hipocampo está activo, inhibiendo o apagando la actividad de la formación reticular, responsable del estado de alerta. Si la escena cambia o se convierte en impredecible, el hipocampo cesa su influencia inhibitoria y tras ello, la formación reticular, liberada, excita y alerta al organismo. Este cambio se percibe y la atención se dirige hacia él. Por esta razón dejamos de oír un ruido continuo, por ejemplo, pero notamos inmediatamente cuando cambia o cesa.

Obviamente, la capacidad de atender selectivamente al medio y relacionar esto de forma efectiva con el conocimiento almacenado es un componente esencial del aprendizaje. Pero también lo hace de otra forma igualmente importante al contener la mayoría de los centros de «recompensa» y de «castigo» que nos permiten fijar los resultados de nuestras acciones y aprender si es deseable o no repetirlas.

En definitiva, el sistema límbico transforma el mundo objetivo de la entrada sensorial en el mundo subjetivo de la experiencia humana, asociando los sentimientos a los pensamientos e imponiendo prejuicios emocionales y expectativas aprendidas a la realidad, guiando nuestras acciones según los principios imperativos de placer y displacer. Ya lo creo que sí, el sistema límbico encierra todavía muchos misterios.

3 Y un tercer nivel, rodeando a los dos anteriores, constituido por el neocortex, fuente del raciocinio y del lenguaje en el hombre. Es el cerebro que realmente vemos si quitáramos el cráneo, un cerebro formado por dos mitades (denominados hemisferios) que, aunque a simple vista parecen iguales, desempeñan funciones totalmente distintas.

El cerebro evolucionado: el raciocinio.

¡Ahhh!… ¡cerebro izquierdo y cerebro derecho! No, aunque pueda existir una especialización hemisférica, es preferible utilizar el término «dominancia hemisférica» pues ambos hemisferios tienen las «mismas» facultades, aunque uno de ellos domine sobre el otro para cada facultad concreta.

De esta forma, los centros del hemisferio izquierdo del cerebro parece que están implicados en la facultad de reconocer grupos de letras formando palabras, y grupos de palabras formando frases, tanto en el lenguaje escrito como el verbal; la numeración, las matemáticas y la lógica; así como las facultades necesarias para transformar un conjunto de informaciones en palabras, actos y pensamientos.

Y, por otro lado, el hemisferio derecho está considerado como el receptor e identificador de la orientación espacial, el responsable de nuestra percepción del mundo en términos de color, forma y lugar. Con él somos capaces de situarnos y orientarnos; podemos saber por qué calle vamos caminando o identificar un rostro que vemos (el nombre de la persona a la que corresponde dicho rostro lo proporciona el hemisferio izquierdo). El talento musical y la memoria visual son también facultades del hemisferio derecho.

Así, el hemisferio derecho gobierna tantas funciones especializadas como el izquierdo, sin embargo, la forma de elaborar la información es distinta. El hemisferio izquierdo elabora la información en fases lógicas y analíticas, usando como investigador y mediador el poder del lenguaje, mientras que el hemisferio derecho concibe las situaciones y las estrategias del pensamiento de una forma global, es decir, integra rápidamente varios tipos de información y acto seguido los transmite como un todo.

No olvidemos que estos hemisferios no se encuentran aislados, sino que se encuentran profusamente interconectados. Y la estructura más importante para ello es el cuerpo calloso, que con un tamaño total de unos 10 cm está formado por miles de fibras nerviosas que penetran profundamente en el hemisferio de cada lado del cerebro y transmite contenidos de la memoria y conocimientos de un hemisferio a otro.

Bien, continuemos diciendo que cada hemisferio está compuesto de cuatro lóbulos: frontal, temporal, parietal y occipital. Cada uno de ellos con arquitecturas celulares y conexiones concretas y, por tanto, con funciones concretas. No se preocupe, solo nos interesa describir brevemente las funciones del lóbulo frontal, y concretamente su parte más anterior llamada lóbulo prefrontal.

Lóbulos cerebrales.

La corteza prefrontal está conectada con la práctica totalidad de las áreas corticales, subcorticales y límbicas. Por esta razón, las funciones del lóbulo prefrontal son de gran importancia y gran complejidad, toda una serie de procesos encaminados al establecimiento de una «meta concreta» y de organizar los medios para su consecución, muy importantes para la supervivencia del individuo y para el grupo al que pertenece (dado que el ser humano es un ser social y cooperante). Como puede imaginar, este proceso de establecer una meta (aparentemente sencillo) es extremadamente complejo dado que previamente a este proceso se debe tener la motivación necesaria para efectuar cualquier acción. Y entre los pasos a dar para llegar a esta meta se encontrarían la capacidad de prever el futuro, hacer ensayos y simulaciones dentro de nuestro cerebro y anticipar las consecuencias de los actos que se vayan a realizar; la capacidad para imaginar acciones alternativas y valorar las posibilidades del éxito; la capacidad de concentrarse en los puntos claves, planificar, ordenar y secuenciar las acciones que se deben seguir en un tiempo concreto; solucionar los problemas que vayan surgiendo e improvisar; valorar si nuestras acciones son factibles desde un punto de vista económico, social o moral; y replantearse la situación y cambiar de actitud, es decir ser flexibles si el plan no se desarrolla según lo acordado. Impresionante, ¿verdad?

Lóbulo frontal

Seguramente este capítulo le ha resultado especialmente complejo. No tema, simplemente quédese con la idea de que todo lo que somos, como pensamos, sentimos, actuamos… es el resultado de la interacción de todo nuestro cerebro. Esa es la sinfonía.

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