Percibiendo el mundo

lavista

¿Qué es la realidad virtual?… Definámosla de nuevo. Veamos, podemos decir que la realidad virtual “es un entorno en el que la tecnología engaña a tus sentidos para que te sientas como si estuvieras en otro lugar” o, dicho de otra forma una simulación, generada por ordenador, de espacios diversos en los que podemos interactuar y explorar tal como si estuviéramos ahí realmente.

Como es obvio, este concepto se encuentra formado por dos términos realidad y virtual. Empecemos, por el segundo, ¿cómo define “virtual” la Real Academia de la Lengua? Aquello que tiene existencia aparente y no real. Sencillo, lo podemos identificar directamente con la tecnología pues solo existe en un ordenador como un conjunto de datos y líneas de código, pero, que todos juntos y al ser proyectados en unas gafas especiales, dan lugar a un entorno que es vivido como real. ¡Ajá!… real, realidad… esto es lo que verdaderamente nos interesa.

Bien, supongo que te habrás hecho muchas preguntas del tipo, ¿cómo percibo el mundo que me rodea? ¿y mi mundo interior? ¿están conectados ambos mundos? ¿cómo? ¿y lo que percibo, se corresponde con la realidad? ¿lo que es real para mí lo es para otra persona? Seguro que sí.

Pero, ¿qué dice la neurociencia al respecto? Muchas cosas, sobre todo porque algo tan cotidiano como percibir «nuestra realidad» (el mundo que nos rodea), incluye los sentidos y la percepción, la memoria, la atención, las emociones y los sentimientos, y muchos procesos cerebrales mas. Pero empecemos por el principio: los sentidos y la percepción.

Los sentidos y la percepción

Mediante los sentidos percibes tu mundo exterior (el mundo que te rodea) y tu mundo interior. Por tanto, los sentidos son instrumentos imprescindibles de las percepciones y elementos necesarios para lograr comunicarnos con los demás. Y, por si fuera poco, a través de los sentidos se producen las sensaciones que tanto influyen en la vida psicológica de cada persona. Me estoy refiriendo a los sentidos clásicos que ya conoces (vista, oído, olfato, gusto y tacto) y otro más que quizás no conozcas, la interocepción.

Así que, no creo que dudes de la importancia de los sentidos, ¿verdad? Estás en lo cierto, porque el cerebro necesita que le llegue la información captada por unas estructuras que reciben el nombre de receptores sensoriales.

Pero, ¿cuáles son los estímulos específicos que actúan sobre un receptor sensorial? Los estímulos son muy variados. Pueden ser estímulos mecánicos (como el tacto, la presión, o ciertas vibraciones), estímulos térmicos (cambios en la temperatura), electro-magnéticos (la luz), químicos (gusto, olfato o concentración de oxígeno en la sangre), etcétera. Y como puede suponer, hay diversos tipos de recetores.

Pero, ¿cómo podemos clasificar a los receptores? Pues una clasificación muy sencilla es considerar que existen tres grupos: exteroreceptores, propioreceptores e interoreceptores. ¡Vaya términos! ¿verdad? ¿te resulta difícil de entender?… Es fácil, más fácil de lo que crees. Verás…

Los exteroreceptores informan de los estímulos que proceden generalmente del exterior, estímulos que inciden sobre la superficie del cuerpo, bien sea por contacto directo (por ejemplo, el tacto), bien a distancia (como es el caso de la vista, el olfato, el oído y en parte la temperatura).

Los propioreceptores captan la información relacionada con el estado físico del cuerpo, bien de forma consciente, bien de forma inconsciente. Estos receptores, situados en tendones, articulaciones y fibras musculares, permiten reconocer la posición de nuestras extremidades o de otras partes del cuerpo en el espacio, incluso con los ojos cerrados. Por ello, el reconocimiento por el sentido del tacto (que se denomina estereoagnosia) y el conocimiento consciente que tiene el sujeto de la posición de las distintas partes del organismo en el espacio (cinestesia) pueden ser considerados como sentidos igual que la vista, el olfato o el gusto y capaces de originar imágenes táctiles, posicionales, etc.

¿Y los interoreceptores? Pues estos receptores están situados en las vísceras (de ahí que también se llamen visceroreceptores) e informan sobre las sensaciones de los órganos internos. Por lo tanto, existe una sensibilidad visceral que a veces se expresa como sensación de dolor, de malestar, etc. Más adelante comprenderás su importancia.

¿A que no ha sido tan complicado? Bien, pues sigamos con el concepto de percepción.

¿Qué es la percepción?

La percepción es un proceso mental mediante el cual obtenemos datos del exterior y nuestro interior y los organizamos de un modo significativo para tomar conciencia tanto del mundo que nos rodea como de nosotros mismos, y eso ocurre a través de los órganos de los sentidos. De esta forma, la luz, las imágenes, los sonidos, los olores, los sabores y los contactos corporales no son más que estímulos aislados que son captados por los receptores y transmitidos en forma de impulsos nerviosos hasta el cerebro. Una vez allí, las sensaciones son recopiladas e integradas en nuestro cerebro, creando un significado determinado, y consiguiendo una identificación de tu exterior, de tu cuerpo y de la relación entre ambos. Pero para lograr esto no basta con la percepción sensorial, sino que es absolutamente necesario que participe la atención, la memoria y la imaginación. Dicho de otra forma, para percibir algo, tu actividad psíquica tiene que concentrarse sobre un determinado estímulo (atención); para reconocerlo e identificarlo deberás compararlo con otros estímulos percibidos en el pasado (memoria); y si el estímulo es nuevo para ti tratarás de deducir su posible significado (imaginación).

Por tanto, a través de la percepción y mediante un proceso de integración psicológica adecuada, obtendrás una información espacial del mundo que te rodea, una integración que, en definitiva, no constituye sino el fenómeno de la comprensión. “Comprendes” el mundo en el que estás. Pero ahí no queda todo; una vez asimilada dicha información, ésta repercute psicológica y emocionalmente sobre ti, obrando en consecuencia según un complejo proceso del que muchas veces no eres consciente. Interesante, ¿verdad?

Ahora, de todos los sentidos, voy a explicar aquellos que tienen relación con la realidad virtual: la vista, el oído y el tacto. Empecemos por el más importante para la mayoría de nosotros.

La vista

Todo parece fácil…abres los ojos y ahí está el mundo, amplio, claro, lleno de objetos con colores vivos. Aparentemente no tienes que hacer ningún esfuerzo. Pero si razonamos un poco nos damos cuenta que no es así… y aparecen muchas preguntas… ¿cómo vemos el color? ¿por qué es más fácil reconocer una cara que cualquier otra parte del cuerpo? ¿por qué se desencadena una cascada de emociones cuando vemos el rostro de una persona familiar?  ¿por qué sabemos que lo que estamos viendo es una silla y no otra cosa?… Pero vayamos paso a paso.

El sentido de la vista radica fundamentalmente en el ojo, y particularmente en la retina, donde la luz incide estimulando a miles de receptores. Esta información es enviada, por medio del nervio óptico, al cerebro, donde es interpretada y vemos. Es una explicación simple, pero por ahora nos sirve.

Pero no, no vemos con los ojos, vemos con el cerebro, donde las neuronas, organizadas en forma de red, interaccionan unas con otras dando lugar a la imagen mental que tenemos del mundo. Ummm.. ¿imagen?… Entonces, ¿tenemos una “pantalla” en nuestro cerebro, reflejo de lo que hay en el mundo exterior? No, en absoluto. Nuestro cerebro debe determinar los objetos que estamos viendo, sus movimientos y saber algo acerca de su significado; qué suelen hacer esos objetos o para qué suelen utilizarse; o cuándo y en qué circunstancias las hemos visto (a ellos o a otros semejantes), y así sucesivamente.

Cualquiera de estas tareas requiere de complejos procesos mentales. Por ejemplo, reconocer un objeto implica determinar algunos de sus atributos como la forma, el color, el tamaño, identificar las partes más significativas que la forman, su posición relativa tanto a nosotros como a otros objetos, su movimiento, etc. Todos ellos encaminados a facilitar la “construcción” del objeto en el mundo real, y basando sus estimaciones en la experiencia previa.

Pero, el cerebro no registra la información que le llega de una forma pasiva, sino que intenta interpretarla activamente acudiendo un proceso constructivo en el que nuestro cerebro responde en paralelo a muchos “rasgos” distintos e intenta combinarlos de tal forma que tenga el máximo sentido, construyendo la mejor interpretación posible en función de la experiencia previa y con la limitada y ambigua información que le proporcionan los ojos (y otros sentidos según el caso como, por ejemplo, acercarnos y tocar), e infiriendo la información que falta, a partir de la que tiene, de la forma más “lógica” posible.

¿Y cuál es la mejor interpretación posible? Pues la interpretación más sencilla y coherente posible a partir de la información recibida. En definitiva, aquella que precisa de poca información para ser descrita y requiera el menor esfuerzo para obtener el mejor resultado, en definitiva, la que consuma menos energía.

Y, por si fuera poco, toda esa información debe ser obtenida en tiempo real, es decir, con la suficiente velocidad como para que podamos hacer algo antes de que deje de tener sentido.

Pero, considerar que nuestro cerebro maneja toda esta información como si de un ordenador se tratara, no es correcta. Serían demasiados datos como para ser procesados y almacenados rápidamente, de una forma eficiente. Por tanto, lo que necesita es extraer una descripción simbólica de la escena visual que estamos percibiendo basada en los objetos y sucesos que la componen, y en lo que representan para nosotros. ¿Y qué se entiende por símbolo? Pues algo que representa, de alguna manera a algo o alguien, que puede percibirse a partir de los sentidos y que presenta rasgos vinculados a una convención aceptada a nivel social. Es el caso, por ejemplo, de las palabras (la palabra perro simboliza un tipo de animal con características muy concretas) o con las luces (por ejemplo, la luz roja del semáforo simboliza la palabra “alto” o “peligro”).

Sí, ya sé que es difícil aceptar que lo que vemos es una representación simbólica del mundo, todo parece muy real, pero no tenemos conocimiento directo de los objetos del mundo sino una ilusión más o menos eficiente, y por ello, nuestras interpretaciones pueden ser ocasionalmente erróneas.

Y es que lo que vemos no es lo que verdaderamente está ahí; es lo que nuestro cerebro cree que está ahí. Cierto es que en muchas ocasiones se corresponderá con las características del mundo visual que tenemos ante nosotros, pero en otros casos (quizás más de lo que creemos) nuestra “creencia” puede resultar equivocada. El concepto con el que te tienes que quedar, es que el “cerebro interpreta” y que nuestro sistema visual “nos engaña” con mucha facilidad y de una forma muy sutil.

Bueno, como has visto, la visión parece que es más complicada de lo que parece, ¿verdad?.

El oído

Bien, ahora pasemos al oído. Ya sabes que sonido se propaga en forma de ondas a través del aire (aunque también lo puede hacer por líquidos o por sólidos), son recogidas por el pabellón auditivo (la oreja) y conducidas mediante el conducto auditivo externo hasta el tímpano, fina membrana que vibra con las ondas sonoras. Esta vibración del tímpano se transmite a una cadena de huesecillos hasta el caracol, lugar éste donde se encuentran las células receptoras del sonido. De esta zona surgen fibras nerviosas que se agrupan formando el nervio coclear, el cual lleva esta información hasta la corteza cerebral encargada de su procesamiento.

Pero, ¿oímos todas las frecuencias sonoras?… ¡Pues claro que no! El oído humano solo es capaz de captar frecuencias desde 20.000 Hz hasta 20 Hz. El resto de frecuencias no son registradas por el oído humano, aunque si por otros animales (por ejemplo, el perro o el murciélago).

Supongo que dirás… “bueno, el oído no es importante para nosotros, pero sí para el perro u otros animales”. Te equivocas. El sonido también tiene una gran importancia para nosotros (aunque el sentido que predomine sea la vista) y es que por medio del sonido podemos localizar espacialmente el origen del mismo, podemos saber quién lo produce (gracias a nuestra experiencia) y determinar si será un peligro para nosotros o no.

Pero, déjame que te cuente alguna cosa más, como que el sonido tiene una gran capacidad para conectar con las emociones, sobre todo aquellas relacionadas con nuestra supervivencia como es el miedo, ¿Quieres algún ejemplo? Veamos, ¿acaso nunca has sentido miedo durante la noche cuando has escuchado un sonido que no lograbas identificar? ¡Claro que sí!… a todos nos ha ocurrido alguna vez.

Pero la relación con las emociones ocurre en más casos, y el más común es el caso de la música. Da igual el tipo de música que te guste, el caso es que siempre existirá una que te haga sentir amor, otra excitación, otra que te haga sentir pena, y así un largo etcétera. Muchas de ellas te evocarán esas emociones porque en tu memoria han sido asociadas con momentos de amor, excitación o pena; pero otras veces no es necesario que haya existido tal asociación. La música transmite emociones por sí misma. Esto ya lo sabías, ¿verdad?

Además, por si fuera poco, los sonidos sirven, además, para comunicarnos, bien de una forma básica, bien de una forma más elaborada mediante el lenguaje, secuencia de sonidos preestablecidos (palabras) concatenados de tal forma (frases) que constituyen un mensaje completo. Pero existe algo fundamental cuando hablamos, su musicalidad. Y es que la entonación, el ritmo, cadencia, volumen… hacen que lo se esté hablando pueda desencadenar una emoción u otra, tener una capacidad seductora u otra… Esto es lo que denomina prosodia. Y si no crees en la importancia de la entonación y la musicalidad de la voz fíjate como suelen hablar las madres a sus bebés… es más parecido a la música que al lenguaje (al fin y al cabo, el bebe todavía no entiendo los códigos del lenguaje)… y el bebé reconoce a su madre y manifiesta las emociones que le hace sentir la voz de ella… paz, seguridad y amor.

El tacto

Pasemos ahora a nuestro siguiente sentido de interés en la realidad virtual: el tacto. Localizado a lo largo de toda la piel del cuerpo, permite desde percibir lo que se toca con una precisión tal que puede ser equiparable a la vista en muchos aspectos, hasta sentir sutiles roces. ¿Existe la misma densidad de receptores en todo el cuerpo? No. Y es que existe una alta densidad de receptores en las yemas de los dedos de las manos, los labios y mejillas, o en zonas erógenas.

¿Por qué? En el caso de las yemas de los dedos de las manos permiten saber la naturaleza de los objetos como la textura (por ejemplo, si es liso o rugoso), la forma, el tamaño, etc. Esto es lo que se denomina estereoagnosia. En la zona de los labios y mejillas, permiten sentir, en toda su dimensión, el roce de un beso (hecho éste de gran importancia emocional y social). Y en las zonas erógenas (incluyendo el cuello, zona interna de los muslos y brazos, bajo vientre, pechos y órganos sexuales), permiten desencadenar el proceso de excitación que tan importante papel juega en las relaciones sexuales.

Conclusiones

Hay que destacar que, en la Realidad Virtual, aunque existen dispositivos que imitan el tacto (denominados dispositivos hápticos), no es lo habitual. Por tanto, céntrese en los dos primeros: La vista y el oído. Los dos sentidos que son fácilmente controlables con unas gafas de realidad virtual, sobre todo si estamos hablando de los dispositivos de bajo coste que están apareciendo actualmente en el mercado.

Recapitulando, percibimos la realidad mediante nuestros sentidos (recuerda que hay sentidos para percibir nuestro medio externo e interno), y junto a nuestra experiencia, nuestro conocimiento, nos hacemos una idea bastante aceptable del mundo que nos rodea.

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